La fuerza es la capacidad del sistema neuromuscular para generar tensión contra una resistencia, y constituye uno de los pilares centrales de la funcionalidad. Sin embargo, en los últimos años, la evidencia científica ha ampliado este concepto: la fuerza no solo sostiene el movimiento, también protege y modula el cerebro.
Un estudio particularmente revelador liderado por Claire J. Steves siguió durante diez años a 324 mujeres gemelas. El diseño del estudio no es un detalle menor: al tratarse de gemelas, gran parte de la carga genética es compartida, lo que permite aislar con mayor precisión el impacto del ambiente y del estilo de vida.
Los resultados fueron contundentes. Aquellas que presentaban mayor fuerza —especialmente en miembros inferiores— mostraron, con el paso del tiempo, mejor rendimiento cognitivo, menor deterioro asociado a la edad y mayor volumen de sustancia gris, lo que puede interpretarse como una mayor “reserva cerebral”.
Pero el dato más interesante aparece cuando se comparan dentro de cada par de gemelas: la más fuerte tenía mejor función cerebral. Es decir, no se trata únicamente de genética. Se trata del estímulo.
Este hallazgo obliga a repensar el rol del músculo. Durante mucho tiempo fue considerado un órgano mecánico, destinado exclusivamente al movimiento. Hoy sabemos que es también un órgano metabólico, endocrino y, en cierto sentido, neuroprotector.
Existen múltiples mecanismos que podrían explicar esta relación. El entrenamiento de fuerza estimula la liberación de factores neurotróficos como el BDNF, fundamentales para la plasticidad neuronal y la supervivencia de las neuronas. Además, reduce la inflamación sistémica de bajo grado, un factor estrechamente vinculado al deterioro cognitivo. También mejora el flujo sanguíneo cerebral, optimizando el aporte de oxígeno y nutrientes al tejido nervioso. A esto se suma una mejor integración neuromuscular, que implica una comunicación más eficiente entre el cerebro y el cuerpo.
En conjunto, estas adaptaciones configuran un entorno biológico más favorable para el funcionamiento cerebral.
Desde la lógica de la reserva funcional, esto adquiere un valor aún mayor. No se trata solo de tener más fuerza para moverse, sino de tener más capacidad para sostener las funciones cognitivas a lo largo del tiempo. Es, en definitiva, ampliar el margen de respuesta del sistema nervioso frente al envejecimiento.
Por eso, entrenar fuerza —y particularmente la fuerza en miembros inferiores— no debería entenderse únicamente como una estrategia de rendimiento físico o prevención de lesiones. Es también una herramienta concreta de prevención cognitiva.
El músculo no solo nos permite desplazarnos en el espacio.
También contribuye a sostener nuestra capacidad de pensar, recordar y decidir.
Referencia
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Claire J. Steves CJ, Mehta MM, Jackson SHD, Spector TD.
Kicking Back Cognitive Ageing: Leg Power Predicts Cognitive Ageing after Ten Years in Older Female Twins.
Gerontology. 2016;62(2):138–149.
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